lunes, 22 de febrero de 2016

¡No me jodan más y olvídense de mí!

Este fin de semana que termina ha sido intenso. El viernes pasé una noche de fábula y surrealismo en la Plaza de la Salud, trabajé sábado y domingo y, por si fuera poco, tuve la visita más terrible del mes. A eso, para colmo, se unió el fantasma con el que he tenido que convivir durante bastantes años de mi vida: lo que la gente diga.

De repente, como si uno no tuviera nada mejor qué hacer, apareció alguien a cuestionarme. Con una visión un poco rara de lo que es la amistad, incapaz de ponerse en el lugar de quien está solo y necesita ayuda, la amiga que me cuestionaba no entendía que hubiese hecho algo -con total desinterés- por un amigo que estaba pasando un mal momento: su visión es tan cerrada que, aunque no lo dijo claramente, daba a entender que la gente podría confundir mi gesto.

Entonces mi amiga me señaló que por eso la gente siempre habla mal de mí: porque doy pie a las "confusiones" que surgen de personas que no tienen más que hacer que andar llevándole la vida a uno, sacarlo todo de contexto y pensar mal, siempre mal, de cualquier forma en que una mujer se relacione con un hombre a menos que no sea su novio, su marido o un familiar.

La verdad es que siempre he dado de qué hablar. Debo reconocerlo y lo haré de una vez. ¡Total, para qué darle largas si al final como quiera terminaremos sacando la misma conclusión: siempre hago lo que me da la gana y eso, en este país, no se perdona!

Doy de qué hablar porque he tenido tantos amigos como la vida me ha querido dar, doy por ellos todo lo que necesiten y me "cito" en lugares públicos, donde todo el mundo me ve hablando con un hombre y asume, porque es muy difícil pensar en que sólo te mueve el cariño, que me lo estoy llevando a la cama: ¡cuántos amantes me han endilgado sin siquiera haberlos probado!

Lo que más le molesta a la gente es mi desenfado. Sé que hablan mal de mí, que les molesta mi libertad y que me detestan porque hago lo que quiero a pesar de ellos. Y es que, como han podido ver, aunque me encerré por bastante tiempo por miedo a sus lenguas viperinas, volví a las andanzas: ¿por qué tengo que dejar de vivir si no estoy haciendo nada indebido?

La gente me tiene harta. No puedo callarlo más. Por eso, a partir de este momento, me importa menos todavía lo que piensen los demás: ¡por mí se pueden reventar, me pueden poner en las cuatro esquinas, pero no van a lograr lo que quieren: a mí no me van a condenar!

Sé bien que para "encajar" en esta sórdida y mentecata sociedad es necesario vestirse de hipócrita, santo y cuerdo en pos de que todos puedan apreciar una imagen virtuosa que encaje a la perfección en lo que se espera de toda una dama que no lastime el pensamiento del más beato espectador.

¿Saben qué? Me quitó el corsé (que he usado muy poco, la verdad) para siempre: lo quemaré, en una hoguera de total honestidad, porque no soporto más que pretendan cambiarme a golpe de chantajes y amenazas con lo que la gente pueda decir o pensar. La gente no me mantiene ni me hace feliz. Por tanto, la gente se puede ir (o venir) por donde se le olvide hasta su nombre... ¡no me jodan más y olvídense de mí!

PD: La foto que ilustra esta entrada la hizo mi amiga Maya Oviedo y, como cae como anillo al dedo (literalmente), me place en dedicarla con mucho cariño... ¡a lo que dice la gente!