viernes, 5 de octubre de 2018

Nunca seré una terrorista de la palabra

Los dos últimos días han sido extraños. De repente, como si años de ejercicio se borraran súbitamente, surgen voces cuestionándome de forma inusual. Acostumbrada a que me acaben siempre por ser demasiado frontal con el Gobierno o tener posiciones muy firmes sobre determinados temas, me ha sorprendido que haya surgido un grupo que me critique por todo lo contrario: decir que apoyo al Gobierno y que soy una bocina.

Si bien es cierto que al principio me dio mucha risa por lo absurdo que resultaba que alguien me dijera que apoyo al Gobierno y busco ocultar la corrupción (a pesar de que siempre he escrito en contra de ello), luego empecé a ver que no era una sola persona la que me atacaba sino varias y que la conversación iba tomando otro tenor: el reclamo era entonces que no me indigno lo suficiente, como si la indignación tuviera grados y se pudiera medir como si se tratara de una fiebre cualquiera.

Todo comenzó porque alguien habló de una mafia en el Hospital Ney Arias Lora y yo dije que, antes de asegurar que hay una mafia, había que indagar al respecto. Para algunos tuiteros eso fue sinónimo de que yo quería ocultar algo y, aunque les expliqué que como periodista no podía dar nada por sentado antes de que hablaran todas las partes involucradas en el conflicto, no quisieron entender.

Más tarde recordé otras situaciones similares en las que también se quejaban de la forma en que los periodistas abordamos algunos temas que tienen que ver con la corrupción, tales como el de los encartados en el caso Odebrecht, o con asuntos relacionados con funcionarios de dudosa reputación: para las redes siempre les hemos tratado de forma benevolente porque no les llamamos ladrones y los tratamos cual si fueran inocentes a pesar de que, en muchos casos, está claro que no lo son. Ellos olvidan, sin embargo, que nuestro trabajo es cuestionar pero no acusar a nadie porque, en caso de hacerlo, somos plausibles de demanda (ellos también aunque aún nadie ha usado ese recurso).

En Twitter hay mucho terrorista de la palabra que goza insultando, se desboca lanzando misiles sin pensar y, además, aspira a que uno haga lo mismo. Lamentablemente, a menos que mañana pierda la razón, nunca haré eso. Como periodista estoy llamada a ser lo más imparcial posible y, aunque tengo ideas muy claras sobre mucha gente cuestionada y cuestionable, en algunas ocasiones es muy difícil hablar o escribir sobre algunas cosas porque aunque todo el mundo dé por hecho que las acusaciones sobre alguien son reales, no hay forma de demostrarlas.

Para muchos mi actitud puede ser asumida como un gesto de cobardía pero en realidad se llama prudencia. La prudencia, aunque a muchos no les guste (a mí tampoco me gustaba cuando era jovencita), es mandatoria cuando se habla de noticias. No todo puede decirse o, al menos, no de cualquier manera.

Jamás me verán usando epítetos groseros contra nadie por más que desprecie su devenir por la vida. Si eso me convierte en una bocina, lo seré con gusto toda la vida. A mí nadie me verá acusando a alguien si no tengo cómo avalarlo. Si les molesta... amén.

jueves, 6 de septiembre de 2018

Esos vecinos que te violentan cada día

Hoy en la mañana cuando llegué a la oficina cogí un pique descomunal. Sí, sé que no debí hacerlo porque alterarse no resuelve nada pero es que a veces, cuando uno ve que alguien abusa cada día, llega un momento en que se desespera. Eso me pasó a mí, lamentablemente, por culpa del estacionamiento mío de cada día.

Les cuento. Hoy cuando llego al estacionamiento del periódico miro hacia el espacio que tengo asignado y descubro que tengo poco espacio para estacionar: las dos jeepetas que estaban a cada lado, cual de las dos más grande, estaban estacionadas diagonalmente en lugar de hacerlo recto y, para mi infortunio, es espacio entre ambas tenía forma de cono (imagínenselo así \ /).

Lo peor es que el individuo que se estaciona a mi izquierda (tomando en cuenta que me estaciono en reversa) hace lo mismo todos los santos días: llega, tira su vehículo como sea y poco le importa que yo, la muy idiota, tenga que coger una lucha para estacionar (¡suerte que las que manejamos mal somos las mujeres!).

Ayer las cosas se extremaron porque mientras la nalga de su vehículo estaba hacia la izquierda (casi siempre lo deja así) apreció una nueva persona (no sé quién es) al otro lado que, no sé si es porque no se sabe estacionar de reversa, inclinó la parte trasera hacia la izquierda, dejando la de delante inclinada hacia mí. Aunque no sé cuál de ellos se estacionó primero, ambos son dos grandes desconsiderados: ¿por qué no piensan un poco en los demás? ¿Es que su tiempo vale más que el mío? Yo, como imaginarán, me tomé más tiempo del que debería estacionando bien despacio para no afectar ninguno de los tres vehículos y, encima, estacionarme bien.

Lo de hoy me sucede cada día también en el lugar en que vivo, donde una señora que he visto solo una vez, se estaciona a mi lado de todas las formas posibles haciendo que mi llegada a casa sea una breve dosis del infierno cada tanto: hay días, como ayer, en los que está tan mal estacionada que (incluso ocupó un poco de mi lado) que tengo que hacer malabares para estacionarme sin chocarla. Ayer fue tan crítico que estaba a punto de llamarla a pesar de que era bien tarde pero, para evitar un escándalo (si me salía con algo sé que me enojaría), decidí dejarlo así y no causar jaleos.

En caso de mi vecina es todavía peor que el del vecino del trabajo porque el guardián llegó a decirle en una ocasión que se estacionara mejor pero ella respondió, muy educadamente, que "yo parqueo como me da la gana". Sus ganas, al parecer, siempre andan alteradas porque jamás le sale de su interior (por no decir forro) hacerlo pensando en quien llegará tarde de trabajar y tiene que pasar trabajo por su culpa.

Siempre hemos sabido que la educación en la República Dominicana es un bien escaso sin importar si la gente es instruida o no, si tiene un buen nivel adquisitivo o pasa trabajo, si es feliz o anda aburrido, si tiene buen trabajo o no... la indecencia está a la orden del día entre todos y a todos los niveles. El egoísmo, esa manía de pensar solo en nosotros mismos, nos ha arropado tanto que no vemos que esas cosas tan pequeña son, simplemente, formas de violentar.

Cuando otra persona violenta nuestro espacio físico y nuestra tranquilidad nos está agrediendo. Sea adrede o por desdén, nadie tiene derecho a irrespetarnos cada día y, después, ir por la vida con una sonrisa.¡Qué duro es tener que lidiar con tanta falta de empatía!