viernes, 21 de abril de 2017

Que la muerte de "Esoooo" no sea en vano...

Esta semana ha sido lo más parecido a una gran montaña rusa, de esas que tienen grandes bajadas y subidas o, lo que es lo mismo, emociones extremas: he pasado de la tristeza a la alegría sin casi darme cuenta pero, además, he tenido que lidiar con mil cosas al mismo tiempo (para variar) y hasta uno que otro quille ha aparecido. Si a ver vamos, esta semana ha sido como un resumen de lo que es la vida: ¡no ha faltado nada!

La tristeza fue la primera en llegar. Era lunes y en cuanto llegué al periódico supe que en la madrugada había muerto uno de los empleados de seguridad de la empresa. Lo había visto el día anterior. Lo saludé como siempre, diciéndole "Esoooo (escúchenlo sazonao, con la s y la o arrastrándose por los suelos)" porque así era conocido: él siempre nos saludaba con el "Esoooo" y todos le decíamos así. Nunca supe cómo se llamaba, algo en lo que reparé cuando murió. Su nombre era Miguel Antonio Salas Agüero.

Su muerte nos dolió en demasía. Era un hombre alegre, que pocas veces se quejaba aunque de vez en cuando nos pedía dinero para poder irse a su casa y tenía la necesidad como bandera, algo que confirmamos de la peor manera cuando ya no podíamos hacer nada para ayudarlo: al morir supimos que el día anterior le dijo a un compañero lo siguiente: "hace tres días que en mi casa no se enciende un caldero".

Esa expresión me ha acompañado desde el lunes y, aunque el resto de la semana ha tenido cosas geniales, me ha quedado ese regusto de pena, rabia e indignación. ¿Qué clase de país tenemos cuando una familia pasa tres días sin cocinar porque no tiene los medios suficientes para ello? "Esoooo" vivía ahogado por las deudas y la falta de recursos. A ello se suma, además, que muchas veces no tenía con qué comprar las pastillas que necesitaba para controlar la presión. "Esoooo" murió, en pocas palabras, por ser pobre.

Su realidad lastima. Y lastima más porque, como siempre sucede, nos enteramos tarde. ¿Será que somos tan indiferentes que no reparamos en la necesidad de quienes tenemos al lado o estamos tan acostumbrados a saber que eso es así que olvidamos que la vida de alguien puede depender de una ayuda? La idea de que quizás pudimos hacer algo, más que ayudar a su familia a enterrarlo porque no tenían con qué hacerlo, me sobrecoge.

Más allá de las culpas, esas que uno siente por haber tenido el privilegio de nacer en una familia con mejor suerte y con muchísimas más oportunidades, me he quedado pensando en que la vida -o la muerte- de "Esoooo" debería servir de ejemplo para ilustrar lo que están viviendo quienes dependen del sueldo mínimo para sobrevivir; esos que, lamentablemente, son como una sombra para el sector empresarial que se niega a mejorar sus salarios. ¿Es que acaso no se dan cuenta que hay gente que muere por falta de dinero?

No hay nada más cruel que permitir que alguien muera de esa manera. Algunos dirán que muchas personas que están en la misma situación encuentran con qué beber y no con qué comer. Tal vez sea cierto. Puede que prefieran ahogarse en alcohol para no pensar y no sentir aunque, al hacerlo, se estén matando un poco más rápido de la cuenta. Olvidar unos minutos nunca será la solución pero, ¿quién se lo dice a alguien desesperado?

Tenemos que hacer algo. No puede haber más gente que, como "Esoooo", solo logran tener paz con la muerte. El, incluso, llegó a decir en alguna ocasión que no le merecía la pena estar vivo (algo que, repito nueva vez, supimos ahora). Su corazón le escuchó. Pero apenas tenía 52 años. No hay derecho.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Unas elecciones que nos gritan lo mal que estamos

La jornada fue larga, intensa. Más de mediodía escuchando todas las incidencias de unas elecciones que dieron lástima, asco y vergüenza: duele haber sido testigo del desorden, de la deshonestidad, de la compra y venta burda de intenciones (conciencia no hubo jamás) y, sobre todo, de la descarada violación a las leyes.
Además es muy duro ver ese no me importa nada que ha arropado una victoria tan ilegítima como real. Si sabían que habrían ganado de todas formas, ¿cuál era la necesidad de hacer todo lo que hicieron? ¿Por qué prestarse a viejas mañas que, al final, sólo llevan a cuestionar los resultados de unas elecciones que tenían por ganadas desde hacía bastante tiempo?

Es evidente que no les importa nada de lo que sucedió. Los resultados, al fin y al cabo, son lo único que quieren. Basta recordar al creador de las victorias de ficción, el maquiavélico Joaquín Balaguer, para reparar en que en la República Dominicana lo que vale es quedarse, salirse con la suya, sin importar lo que haya que tranzar, manipular o fastidiar. Pero, ¿qué necesidad había de hacerlo cuando estaban delante? ¿Tenían miedo de no llegar tan alto o necesitaban una victoria apabullante que validara todas las encuestas, aunque para lograrlo dejaran tanto mal sabor en una población que no merecía nada de lo que pasó? Por más que quiera ponerme en su lugar no lo entiendo: ¿por qué, si nos vendieron la imagen de que son distintos (éticos y serios), recurrieron a las costumbres malsanas de comprar cruces y vender cientos de promesas que sabemos de antemano que no se cumplirán?

Las razones, la verdad, es que importan muy poco. A estas alturas da igual si fue por soberbia o por miedo. Lo importante es el resultado de lo hecho: demostrarnos que, en lugar de crecer, nuestra sociedad retrocede a pasos agigantados y que, por más que se quiera ocultar, el peso del hambre y el clientelismo es de demasiado fuerte en un país en el que hay tanta necesidad y la gente aspira a resolver su problema inmediato aunque mañana siga igual de fastidiado. Porque, ¿de verdad creen que vendiendo un voto por dos o tres pesos resolverán sus vidas? Todos sabemos de sobra que no. El inmediatismo, sin embargo, se impone.

A tal punto llegó la situación que en La Romana pudimos ver dos letreros, de cartón y colgados en las calles, que llamaban poderosamente la atención: "No tenemos compromiso con nadie, vendemos el voto a quien lo compre... $" y "No emos (así, sin H, a pesar de que hay un borrón donde ella iría) hasta que aparesca (sic) un samaritano"; así fue la jornada del domingo: un vender y comprar que podría ser definido de cualquier manera menos como democracia. ¿Sucede esto en países donde la gente vota de verdad? ¡No lo creo!

Lo peor es que, además de todo lo que pasó el domingo, ahora nadie sabe a ciencia cierta qué sucede en las juntas electorales porque de repente, tal como se denuncia desde muchos lugares, los conteos de los delegados de los partidos no coinciden con los de la JCE en diversas mesas en las que ganó la oposición. La duda surge, por demás, por el desastre de las máquinas y la necesidad de mezclar el conteo manual con el electrónico. ¿Cómo convencerá la JCE a la gente de que los resultados que ofrece son legítimos? Eso lo veremos con el tiempo. Mientras toca rezar para que los ánimos se enfríen y no haya más desgracias que lamentar. Con siete fallecidos en esta contienda ya los partidos tienen bastante lastre que cargar... ¡qué no haya más!