jueves, 31 de mayo de 2018

Dejarlo: ¡mi mejor decisión!

Aún me parece verlo bailar: en mi casa, con la luz tenue, él iba ascendiendo hacia el cielo y se mezclaba con el aire para crear una danza lúdica, única, especial. Mientras disfrutaba viéndolo, sintiendo cómo me "acompañaba", algo dentro de mí se iba destruyendo. Yo, aunque lo sabía, prefería ignorarlo. Jugaba, aunque era absurdo, a olvidar para acallar mis remordimientos.

Nuestra relación era ideal. El me acompañaba siempre, haciéndome parecer interesante, aunque al final demostraba que era una simple imbécil: me dejaba controlar por él, de forma irracional, negándome a cortar con una relación que no tenía ningún beneficio. Fueron años, muchos años, los que estuvimos juntos.

Durante gran parte del tiempo que me acompañó me llevó a mentir. El engaño era, aunque tácitamente, parte de nuestro trato: yo me ocultaba para estar con él y decía, incluso, que habíamos terminado. ¡Ay, de las suelas que quedaron manchadas tras nuestros encuentros furtivos!¡Cómo disfrutaba esos minutos en los que sus besos grises me daban una bocanada de maldito placer!

No sé cuántas veces me dije y le dije al mundo que lo había dejado para siempre. Me convencía, por minutos, horas, días y hasta meses, que ya sí era definitivo: jamás volvería a fumar porque, al hacerlo, perdía demasiado. Un día cualquiera, ante la primera eventualidad, caía de nuevo. ¡Siempre había un motivo para una nueva recaída: el novio que me engañó o que se fue, el dinero que no aparecía (pero paradójicamente gastaba en él) porque ganaba muy poco, las tensiones del trabajo... ¡nada para calmar la ansiedad como fumar, me decía!

Eran excusas tras excusas y recaídas tras recaídas. Entonces, como si de verdad quisiera dejarlo, me consolé fumando el cigarrillo electrónico. Por aquellos días, cuando surgió, se decía que era inocuo y que no representaba ningún peligro. Fue así que cambié el "real" por el "ficticio" y me consolé de la mejor forma que pude hasta que... ¡se rompió el electrónico y volví a fumar cigarrillos normales (aunque mucho menos que antes)!

En ese momento la conciencia me pesaba. Yo había cambiado el cigarrillo normal por el electrónico "convencida" de que tenía que dejarlo. Mi hermana pequeña había enfermado de cáncer unos meses atrás, aunque jamás había fumado y se ejercitaba con frecuencia (su estilo de vida había sido mil veces más saludable que el mío) y su enfermedad me produjo tanto dolor que entendí que yo no podía hacer lo mismo con mi familia de forma deliberada (fumar es comprar todos los boletos para la muerte).

Fue ese remordimiento el que me obligó a dejar de fumar poco después de perder el cigarro electrónico. Era la Navidad del año 2013, se suponía que yo había dejado de fumar meses atrás porque el electrónico me consolaba y yo pensaba en qué le regalaría a mi hermana. Entonces me llegó claramente la imagen de la caja de cigarrillos que tenía oculta en mi cartera y supe cuál sería el regalo perfecto. Sin decirle nada, dos días después de Navidad hice mi ritual de despedida (tenía que acabar con mis provisiones para no desperdiciar lo malgastado en el vicio): me fumé los últimos cigarrillos de mi vida y declaré mi casa, en la que me había mudado 12 días antes, como un espacio libre de humo.

Desde aquel día han pasado cuatro años, cinco meses y cuatro días (no había calculado el tiempo exacto hasta hoy). En ese tiempo he vivido momentos muy difíciles. De repente, aunque no venga a cuento, me dan deseos de fumar así como por joder. Pero no caigo. Con todo lo superado sería ridículo caer. ¿Qué sentido tiene volver a malgastar el dinero y restarme más años de vida de los que debo haberme robado ya? La vida es muy corta como para que uno se la reduzca más pendejamente.

A estas alturas, después de tanto hablar, me doy cuenta de que no les explicado el porqué de estas líneas: hoy, que es el Día Mundial del Tabaco, quiero decirles simplemente que dejar de fumar ha sido mi mejor decisión. Desde entonces la vida tiene otros olores y otros matices. Puedo ejercitarme mejor, me estreso menos y gasto menos dinero de forma absurda. ¿Cuál fue la magia para lograrlo? ¡Querer hacerlo! Yo no recurrí a parches, medicinas, acupuntura, meditación ni nada de eso: el día que dije no más me fumé el último cigarrillo y jamás recaí. Y es que, sin lugar a dudas, el único secreto para dejar de fumar se llama voluntad.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Porque el VENENO lo llevaremos en el corazón

Las luces se apagan. Jack Veneno acaba de hablar y yo, viéndolo con Manny Pérez, no puedo más que pensar en ella. Abuela Celia, con sus gruesos lentes de concha y los dos moños apretados en los que recogía su abundante cabellera, gritándole a Jack Veneno "dale, dale", mientras se mecía en la mecedora de guano que jamás la abandonaba y le daba golpes al aire como si de un contrincante se tratara. Detrás de ella, a través del marco de la puerta siempre abierta del ventorrillo que regenteaba, algunos de los muchachos del barrio se asomaban por "casualidad". Era la hora de la lucha libre y en la casa de nuestra familia paterna -en el corazón de La Romana- eso era, en realidad, sagrado.

La pasión de nuestra abuela por Jack Veneno nos obligó a amarlo. Por ello, su historia es parte de la nuestra. Verlo es recordar aquellas tardes de emoción en la que nos reuníamos todos -con tía Hilda a la cabeza- frente a un televisor y soñábamos con verlo de cerca algún día. Jack Veneno era sinónimo de felicidad porque cuando él luchaba todo quedaba atrás. A eso se unía que era, de alguna manera, un ejemplo: su espíritu combativo, esa manera en que solía levantarse cuando se le daba por perdido, era todo un estímulo, una manera de decirnos que nunca podemos darnos por vencidos. Su tesón, ese luchar hasta el final, fue otra cosa que volvimos a rescatar con "Veneno. Primera Caída: el Relámpago de Jack”, que se estrenó el jueves pasado y es dirigida por Tabaré Blanchard.

La historia, que surgió gracias a la pasión desmedida de Riccardo Bardellino, comienza mostrando al propio Riccardo transformado en el reportero Luca Diana, quien va a entrevistar a una gloria del mundo de la lucha libre. El protagonista, enfermo, sentado en un sillón y cuidado por una Soraya Pina que se estrena en el cine en un corto papel, empieza a contar lo que sucedió cuando era niño y compartía con su mejor amigo en su provincia natal: San José de ocoa. Los niños son Rafa y Josema, quienes se aficionan a la lucha libre viendo las películas de El Santo, el icónico luchador mexicano Rodolfo Guzmán Huerta, y comienzan a entrenar hasta que se convierten en la Mano Derecha (Rafa) y la Mano Izquierda (Josema). Cuando crecen los amigos se separan: Rafa se va Nueva York, lugar donde se supone que se reunirán más adelante, y Josema se va a la capital, que es donde vive su padre, y se matricula en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

Son los duros años 60's y Veneno no lo pasa por alto. Primero encanta a los espectadores con las imágenes de una calle Mella tal como era en esa época. Luego nos muestra las protestas estudiantiles, lo duro de las cárceles en ese entonces y cómo los policías actuaban. También nos habla de lo difícil que era migrar, dejar la vida a la que se estaba acostumbrado y ver cómo los sueños se pueden desvanecer cuando te dedicas a sobrevivir en lugar de luchar por ellos. Esa, sin embargo, es otra de las lecciones de Veneno: nos demuestra que ante una situación límite siempre podremos sacar de abajo y resolver. También nos dice que, a pesar del tiempo perdido, jamás es tarde para volver al camino que siempre hemos querido.

El camino de Jack Veneno, que apenas volvía a pelear, era regresar a Santo Domingo. Y lo hizo. Entonces, tal como sucedió cuando Rafa se iba hacia Nueva York, las imágenes de Veneno nos atrapan en medio de la nostalgia: con una ambientación perfecta, se ve una entrada a la ciudad sin elevados, así como lo que habría sido Dominicana de Espectáculos, el parque Eugenio María de Hostos... es volver al pasado en cuestión de minutos.

Ese pasado, que marca el inicio de la historia dorada de la lucha libre dominicana, tiene dos momentos cumbres: cuando Rafa deja de ser la Mano Derecha y se convierte en Jack Veneno, interpretado por un Manny Pérez que se desprendió totalmente de sí para convertirse en una genial versión del campeón de la bolita del mundo y, como era de esperar, le da todos los matices necesarios al personaje; y cuando Josema se olvida de la Mano Izquierda para dar vida en Relámpago Hernández, que es caracterizado por un Pepe Sierra que se va creciendo hasta ese momento. Ambos actores proyectan tanta fuerza que parecerían ser luchadores de verdad.

Pero no solo por ellos vale la pena ver la película. Ahí están Richard Douglas, que le pone toda la energía necesaria a un Vampiro Cao que es vital para la trama; y las madres, Yamilé Scheker (doña Tatica) y Xiomara Rodríguez (la madre de Relámpago Hernández), que están fabulosas en sus roles. Además cabe destacar también el papel de Ovandy Camilo como Silvio Paulino porque su narración nos lleva directo a los años en los que veíamos lucha libre (en mi caso los 70's, que conste).

Anónimo pero igual de resaltable es el actor que hace el papel del padre de Relámpago Hernández. El nombre no lo tengo a mano, lamentablemente, aunque me he afanado por encontrarlo. Su historia vale la pena rescatarla porque, tal como me contó el día del preestreno, es la primera vez que actúa: su trabajo, en realidad, es como guardaespaldas.

La historia está bien contada y tiene elementos que la hacen parecer de factura internacional, tales los acentos mágico-religiosos que le dan un interesante matiz. ¿El único problema? Termina abruptamente, dejando a uno con deseos de más, y la segunda parte (porque es una saga de tres) no estará lista hasta el 2020. Ese año veremos "Veneno. Segunda Caída: el pueblo quiere lucha", donde saldrán a escena muchos otros personajes de la lucha libre dominicana, tales como los hermanos Bronco y la Bella Salúa. A pesar de ello, Veneno conquista. Y lo hace de tal manera que las dos veces (sí, dos veces) que la he visto la gente termina aplaudiendo con muchísima emoción. Si es que al final el Veneno lo llevaremos en el corazón. ¡Qué buen trabajo hizo el gran Taba!