Sobre el tejado, oculta para que nadie me viera, me sentaba a escribir. Era una niña, de terrible caligrafía y verso fácil, cuando soñaba con que escribiendo las cosas podría cambiarlas. A través de una historia, siempre fantástica, creaba una vida.
Poco a poco la pasión se convirtió en una forma de vida. Jamás he podido parar de escribir. Las letras, unidas en esa sinfonía única que nos permite hacer tanto, me conquistaron para siempre.
Sé que a muchos les importa muy poco por qué decidí dedicarme a ser periodista. Por eso no lo contaré. Sólo diré que tras conocer el oficio, y ver que podía decir cosas que cambiarían la vida de la gente, me enamoré perdidamente del periodismo.
Al principio escribía cuentos, cosas bonitas. Hacía entrevistas, reportajes… jugaba con las palabras para decir cosas hermosas. Era apasionante poder describir, de forma distinta, la cotidianidad y la vida.
Por cosas del azar terminé en la redacción central de Hoy. Específicamente cubría Educación, por lo que me tocó ser los ojos y la voz de todos los problemas que se vivían en ese complicado mundo del sector educativo.
Por aquella época, cuando comencé en el área, gobernaba Hipólito Mejía y la secretaria de Educación era la vicepresidenta, Milagros Ortiz Bosch. Mis reportajes de escuelas deshechas, mis entrevistas de maestros que penaban o los reclamos de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP) les disgustaban. También mis columnas, que luego se volvieron artículos de opinión, donde reflejaba la dura realidad que vivíamos en ese momento.
En ese entonces tenía muchos amigos peledeístas. Todos admiraban mi trabajo y les encantaba como escribía. Los perredeístas, sin embargo, me acusaban de formar parte de las filas del partido morado.
Aunque al hacer mi trabajo no sólo publicaba las cosas malas de Educación, sino que cubría las actividades oficiales y ponía los logros de la cartera educativa, nunca hablaban de eso.
Cuestionaban los reportajes. También mis artículos de opinión. ¿Por qué no escribes lo que está bien?, me decían. La respuesta: porque les elegimos para hacer las cosas bien. Por tanto, les reclamo por lo que está mal.
Cuando cambió el gobierno muchos pensaron que sólo vería luces en el PLD. Pero no. Seguí cubriendo las actividades y haciendo los reportajes de las escuelas y maestros. Los peledeístas comenzaron entonces a acusarme de ser perredeísta. Y muchos amigos se marcharon. En cambio llegaron otros, los que entendieron que yo sólo hacía mi trabajo. Y lo haría gobernara quien gobernara.
Hoy, a siete años del gobierno actual, ya no cubro ninguna fuente. Por tanto, no me toca escribir notas ni describir nada. Sólo escribo artículos de opinión. Aún me juzgan por ello.
Recientemente vuelven a acusarme de ser del PRD. Pero no. No soy de ningún partido. Como periodista, me declaro libre. Quizás, tal como dicen los que me juzgan, peco de pesimista. Pero no. Al subrayar las cosas que están mal lo que busco es que se cambien. También que quienes nos gobiernan entiendan que no todos somos ciegos y que, fuera de su partido y su gente, hay quienes les ven con una mirada crítica.
Sé que mis opiniones molestan a muchos. Dicen que no digo lo bueno. Y es cierto. Pero no estoy para eso. Los lauros gubernamentales anunciados por mucha gente. A algunos, incluso, les pagan para que lo hagan. Se llaman bocinas. Otros lo hacen porque quieren. Ese es su derecho.
Yo elegí disentir. Pero no es joder, aunque parezca. No sé callar lo que me molesta. Quienes me conocen lo saben. Necesito hablar, desahogarme. Eso hago cada jueves. Y nadie tiene derecho a encasillarme por ello. Pueden criticarme, claro, pero jamás podrán callarme. Digo las cosas que están mal porque soy rabiosamente optimista: sueño que, gracias a mis palabras, alguien decida cambiar las cosas.
A veces vuelvo a ser como aquella niña que se sube en el techo. Escribo con la fe de crear un mundo distinto. Quizás es un absurdo. Pero soy así. Y no quiero cambiar.
Quizás exorcismo, quizás ejercicio de reflexión. De cualquier manera, no son más que palabras que se unen en un lúdico baile (sin pretensiones ni egolatrías).
miércoles, 27 de julio de 2011
martes, 26 de julio de 2011
Ese oscurantismo electoral

Dejé todas las palabras en el tintero y le olvidé. Como sé que no valía la pena hablar de eso, cansada ya de acusarle por mentir, el domingo decidí olvidar al presidente Leonel Fernández y dejarle vivir en su mundo de fantasía. Si él es feliz, que espero que sí, ¿para qué mortificarle?
Poco importa que el PRD sea ya el culpable hasta de nuestras culpas. Pronto iré donde Hipólito Mejía y le reclamaré hasta por los sueños que Morfeo me ha robado en esas noches de incertidumbre en las que no he podido cerrar los ojos.
De nada vale reclamarle al Presidente por esos siete años que ha gobernado sin poder superar esos obstáculos que Hipólito dejó sembrados... total, ya sólo le quedan diez meses para gobernar.
A estas alturas nada más queda esperar. Meses más, meses menos, este es un gobierno que fallece y será enterrado con las más grandiosas pompas funerales. Se despedirá como un grande, como ese coloso que durante ocho años nos dio momentos memorables.
Mientras llega el tiempo del adiós, tocará ver cómo la campaña cobra vida. Digo, asumo que deberá cobrarla, ¿o no? Tal parecería que a nadie le interesa. Cual si las elecciones fueran dentro de dos años, el ambiente está tan frío que me hace pensar en lo indiferentes que somos ante lo que está sucediendo.
El dominicano es amante de la chercha. Si estamos en béisbol, hay pelota hasta morirse; si estamos en política, no se habla de otra cosa. Ahora, ¿estamos viviendo eso?
Tal vez, porque a estas alturas paso de saber, sea que yo ando en el aire y no me entero de nada. Puede, incluso, que se esté gestando algo a nuestras espaldas. O, ¿será que la gente es presa de las dudas?
Pueden ser muchas las respuestas. Estas elecciones serán las más difíciles que tengamos que enfrentar. Aunque parece una fotocopia del 2000, la realidad es muy difente. Varios factores, convertidos en matices, las hacen mucho más dramáticas.
En el 2000 mucha gente estaba cansada de Leonel Fernández. Por eso la apuesta fue darle el chance a ese señor campechano, simpático, peculiar, que intrigaba pero podría significar una diferencia. Poco podía hacer Danilo Medina, todo corazón pero poco carisma, frente al arrollador Hipólito Mejía.
Once años después la vida les vuelve a poner de frente. En esta ocasión ya no hablamos de cansancio, sino de un tremendo hastío gubernamental. Y es que, de tanto jugar con nuestra escasa inteligencia, ya pasamos bastante del mandatario.
Ahora Danilo no es ese hombre apagado de antes. Algo ha sucedido en él. La experiencia, los asesores, la gente... parece una nueva persona. El ostracismo, ese al que él mismo se condenó, le sirvió de mucho. Se ve, incluso, como un candidato nuevo. Aquel que ha mostrado algunos esbozos de un plan de gobierno que resulta interesante pero difícil de llevar a cabo en un momento de crisis.
Hipólito sigue siendo ese hombre franco de antes. Pero alguien le puso un freno. Habla menos, mucho menos, y completa más sus ideas. Aparenta estar más sosegado, más en control de sí mismo. Ya no responde a todo lo que se le pregunta y, aunque tiene sus salidas, se ve mucho más ecuánime.
Aunque ambos son tan distintos, han terminado siendo las dos caras de la misma moneda: la de la duda. Ninguno de los dos convence (salvo a los adeptos de sus partidos, quienes votarán por el que les pongan ahí): ¿nos pueden decir que harán algo distinto?
De decirlo, lo dirán. Pero, ¿cómo podremos saber a ciencia cierta que Danilo no seguirá haciendo lo mismo que Leonel cuando él fue parte de su gobierno y creó algunas de las argucias de las que se ha valido el líder para ser popular? Puede que entienda que eso no es necesario. En cuanto a la gente que le rodeará, sin embargo, ¿cómo creer que no serán los mismos que se han servido con la cuchara del poder? A muchos se les ve en los actos con él. Peor aún: ¿someterá a los compañeros del partido que han actuado mal?
Con Hipólito sabemos que las cosas tienen que ser distintas a lo que son ahora. El gabinete perderá su color y será blanco. Pero, ¿cómo estar seguros de que no repetirá las fichas quemadas del 2000-2004? Y, ¿qué pasa si se vuelve a desmadrar la economía? ¿Será esta vez capaz de mantener el equilibrio?
Ante las preguntas, lo lógico sería que los descartemos a los dos. Eso no sucederá. Uno de ellos será nuestro Presidente. Ambos lo saben. Todos lo sabemos. Nadie apostará por los independientes. Aquí votamos por el que puede ganar. El punto ahora es si gana el hastío o gana el miedo.
Viendo el panorama, no queda más que reconocer que estamos viviendo en un oscurantismo electoral. No se dice todo lo que se sabe ni todo lo que se debe. Así crecen las dudas y se pone de manifiesto el miedo. Pero el miedo vale también para ambos. Que no olviden, desde el gobierno, que durante estos ocho años son muchas las cosas que han pasado. La gente puede cobrarles la factura.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)