viernes, 10 de septiembre de 2021

Yo también quise morir

 No puedo decir si lo que sentía era un exceso de cobardía ante los retos de la vida o me sacudía la incapacidad de gestionar el dolor. De cualquier manera quise, en varias ocasiones, genuinamente morir. Incapaz de hacerlo con mis propias manos, acaso porque me faltaba valentía o porque en el fondo algo de mí quería vivir, me dormía llorando mientras le pedía a Dios que me llevara con él. Tenía la certeza de que si yo no existía todo estaría mucho mejor.

Él nunca me llevó (obvio). Los ateos dirán que era imposible porque no existe pero los creyentes, con un dejo de compasión y consuelo, asegurarán que él tenía mejores planes para mí. De una u otra forma, sin embargo y por fortuna, sigo aquí y tengo más deseos que nunca de vivir.

Muchos podrían no entender el porqué de estas líneas pero hoy, que es el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, es el momento perfecto para hacerlo: mi testimonio, tal vez, pueda ayudar a alguien más.

Con el corazón en la mano, a pesar de que puedo causarle dolor a mi familia, quiero hablarles de algunos de mis momentos más tristes, esos que me llevaron a sentir que mi vida no valía la pena y que estaba de más en el mundo (a pesar de que no era así pero yo no era capaz de verlo en ese momento). 

La tristeza fue el sentimiento que más me acompañó mientras crecía. A pesar de que había días y momentos felices, siempre hubo mucha oscuridad y dolor. Nunca lo decía, temía incluso expresar lo que sentía, y me acostumbré a guardar los sentimientos en un cajón.

Soy hija de un muy mal divorcio. No entraré en esos detalles -por respeto a mis padres- pero tengo que mencionarlo porque esa herida fue lo que provocó muchísimos desencuentros emocionales que no fui capaz de gestionar hasta hace poco (después que decidí ir, por segunda vez, a terapia).

Aunque quise irme bastantes veces cuando era niña, ese sentimiento empezó a ser mucho más fuerte en los años de adolescencia. Eso se tradujo en una enorme rebeldía que me acompañó durante muchísimos años y me generó más de un problema posteriormente (cuando hay rebeldía, señores, algo pasa por dentro). 

En una ocasión, ya al borde de la desesperación, estuve al punto de tomarme un frasco completo de pastillas psiquiátricas pero mi hermana llegó en ese momento y no me dejó. Era adolescente, por aquel entonces, y no volví a intentarlo más: asumí que me tocaba vivir.

En el 2010, sin embargo, yo sufría por un amor muy mal entendido. Sin él no quería vivir porque él era mi mundo. Entonces una noche, mientras manejaba de regreso a mi casa, vi que se acercan los faroles de un carro cuando me disponía a cruzar una calle. En ese instante no tenía la certeza de si podría cruzar o sería impactada por el otro automóvil.

Por un segundo dudé. Pero no frené. Seguí, cerrando los ojos, y esperé que pasara lo que tuviera que pasar. El impacto fue brutal. El otro vehículo me chocó en la puerta delantera del conductor, el carro giró y se empotró en una pared. El golpe fue tan fuerte que pensé que me había partido en dos: un dolor seco sacudió mi cuerpo pero, al salir del carro, me di cuenta que solo estaba golpeada y tenía varios cortes en la cara y en los brazos pero ninguno merecía sutura.

En la clínica me hicieron radiografías y concluyeron que no había fracturas, así que unas horas después pude marcharme. Al final simplemente me quedé con una infinidad de moretores que duraron semanas cambiando de color pero estaba más viva y jodida que antes del choque: mi carro ya no tenía seguro full porque lo iba a vender, así que lo vendí a precio de chatarra.

En ese momento no fui consciente de que había atentado contra mi vida. Reparé en ello cinco años después porque, tras bastantes conspiraciones emocionales contra mí misma, decidí ir a terapia por primera vez. Sin desván, quitándole la magia al cliché, la consulta me obligó a enfrentar mis demonios y unos meses después terminé huyendo despavorida.

El último día que fui a la consulta choqué de nuevo. A diferencia de cinco años atrás, esta vez no fue adrede:  estaba tan mal, llorando a lágrima viva y conmocionada, que ni siquiera vi el vehículo al que impacté. Esa noche fue una de las más duras que he vivido: estaba en shock, nerviosa y con la culpa de haberle fastidiado la parte trasera del carro a una familia.

A partir de ese momento, por no volver a enfrentarme a la terapia, quise pensar que estaba bien no estar bien. Que podría vivir sin problemas si empezaba a ver la vida de otra manera. Las sesiones con mi abuela, que sin serlo es la mejor loquera que he conocido, me enseñaron que la vida es alegría, que nada vale más que nuestra vida y, sobre todas las cosas, que no vale la pena amargarse por nada: la vida es muy corta para no ser felices.

A mi abuela nunca le hablé de todas las veces que quise morir. Ella sabe que estuve mal, se lo dije en algunas ocasiones, pero nunca le conté hasta qué punto llegaba mi dolor. Ella, sin saberlo, me sostuvo muchas veces: sus palabras fueron mi sostén y su amor infinito me retuvo aquí. Ella me enseñó, como nadie, a vivir.

Hoy estoy muy bien pero, debo confesarlo, es porque el año pasado volví a terapia. Aún no me dan de alta pero estoy muchísimo mejor. Tanto que no me da vergüenza reconocer que también quise morir. Lamento no haber buscado ayuda antes porque, de haberlo hecho, me habría ahorrado mucho dolor. De cualquier manera, nunca es tarde para aprender a vivir y a bailar. ¡La vida es un gran baile, bailemos sin dolor y sin complejos!

 

P.D. La foto es de la Navidad del 2014, antes de ir a terapia por segunda vez (sí, la risa puede engañar). Esta es la tercera vez que voy.

viernes, 13 de agosto de 2021

El error suele ser hijo del terror

Cada quien ve el mundo según su realidad. Donde unos ven el error, otros sentimos el terror. Hace un momento, al ver el vídeo de la chica que se volvió un mar de errores en la presentación de @RDMOPC, mi cuerpo se tensó porque pude adivinar el miedo que estaba sintiendo: ¡en el Teatro Nacional, frente a sus jefes, el presidente Luis Abinader y un montón de invitados! ¡Yo me habría muerto ahí mismo!

No todos nacimos para hablar en público. Eso está muy claro. Yo me vuelvo un desastre, he de admitirlo, y cometo errores que nunca se me irían cuando estoy escribiendo (estoy tranquila y sola, junto a mi computadora, y tengo tiempo para pensar).

Las últimas veces que hablé en público fue para leer  (vea bien, leer) un discurso en un aniversario de la Esquina Joven del periódico Hoy. Eran discursos de esos bonitos, de aliento a los jóvenes y, como los había escrito con anticipación, no representaban ningún problema. A pesar de ello, yo me volvía un disparate: mi voz, que es fuerte y con personalidad, se volvía un hilo tembloroso al tiempo que sentía que mi cuerpo se volvía mantequilla.

En el escenario siempre había gente a la que le tenía mucha confianza y cariño, es decir, que representaban un soporte para mí, mientras que los espectadores eran los jóvenes premiados, sus familias y algunos funcionarios que conocía. No era demasiada gente y, de todas formas, yo me volvía un desastre: los nervios se me notaban muchísimo.

Peor aún fue mi efímero, triste y accidentado paso por la televisión, cuando Juan Bolívar Díaz me dio una oportunidad de oro para trabajar en Jornada Extra, por allá por el año 2006, pero solo duré los tres meses de prueba porque me costaba un mundo presentar los reportajes y cometí varios yerros leyendo las noticias. 

Yo confieso que intenté resolver mi problema. Fui a una escuela, hice un curso de oratoria y me fue genial en clase... ¡pero frente a la audiencia me bloqueé de nuevo! Fue entonces cuando dije que no pronunciaría un discurso jamás y olvidé la televisión para siempre.

Muy de cuando en vez tengo que estar en programas de entrevistas y, aunque entrevistar sea lo mío, también me cuesta mucho porque se trata de hacerlo frente a la pantalla. Por ello, entiendo perfectamente a la chica del vídeo y, como no la conozco, espero que alguien le envíe estas líneas. Ella no está sola. Y es bueno que lo sepa: no todo el mundo tiene dominio escénico, así que toca entenderla más y criticarla menos.